icono_camara2 Crónicas

El discurso de la oposición según el cual la actual crisis política en Venezuela tiene su origen en la sistemática violación del orden constitucional por parte del gobierno de Nicolás Maduro y la severa conculcación de derechos políticos a la población venezolana ejecutada por parte de éste en los últimos dos años, hace aguas por todas partes.
La no realización del referendum revocatorio por razones procesales, la postergación de las elecciones regionales, la sentencia del TSJ sobre la Asamblea Nacional y la reciente convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente como fases distintas de un mismo proceso de golpe de estado continuado, no son más que los elementos novedosos con los que desde la superficie se sostiene el sempiterno y ya desgastado discurso del oposicionismo venezolano sobre el Gobierno Bolivariano.
¿Cuántos años hace que empezó a llamarse dictadura al Gobierno Bolivariano? ¿Cuánto hace que se habla de violación sistemática de derechos humanos por parte del gobierno en Venezuela? ¿Cuánto tiempo tenemos escuchando que en Venezuela no hay separación de poderes? ¿Cuánto que el CNE no es transparente ni imparcial sino una implacable máquina de fabricación de fraudes electorales?
El decreto de Obama según el cual Venezuela es una amenaza inusual y extraordinaria ¿fue antes o después de que se descartara la opción del referéndum revocatorio contra Maduro? ¿fue antes o después de que se postergaran las elecciones regionales, antes o después de la sentencia del TSJ contra la Asamblea Nacional o del llamado a Constituyente?
Hagamos un poco de memoria. Una revisión somera, nada exhaustiva aunque fidedigna, de la vida política reciente de Venezuela arroja muchas luces sobre este tema.

I
El 9 y 10 de abril de 2002, desde la tarima instalada en Chuao frente a la antigua sede de PDVSA, y amplificado 24 horas al día por absolutamente todos los canales privados de radio y televisión, se arengaba a la multitud antichavista con un discurso que ni de lejos reconocía la institucionalidad democrática del país, mucho menos la constitución que la sustenta.
“Contando las horas de la cuenta regresiva. Hoy comienza la batalla final. Hoy es el último día. Mañana será crucial. ¡Que se vaya el loco! ¡Que se vaya el loco!”, vociferaba a la multitud Julio Borges.
“No descansen. Vamos a seguir en pie hasta que él se vaya”, arengaba por su parte Patricia Poleo.
“Lo vamos a sacar de Miraflores. Esta semana tiene sabor a gloria. Cuando vayamos caminando hasta Miraflores, hasta los que votaron por Chávez se van a meter con nosotros en el palacio para sacarlo de allí”, acicateaba Leopoldo Martínez, quien dos días después, consumado el golpe de Estado, sería nombrado Ministro de Finanzas por el dictador Carmona Estanga.
La insurrección iba a concluir con el derrocamiento de Chávez el 11 de abril, luego de que se condujera a esa fanatizada multidud a una emboscada en la que fallecieron 11 compatriotas con balas disparadas por francotiradores y por policías metropolitanos.
El dato clave a efectos de estas reflexiones es el siguiente: para la fecha la Revolución Bolivariana venía de obtener 5 victorias electorales en menos de dos años, todas con amplísimos márgenes de ventaja. De ser real el apego que hoy dicen tener a los caminos democráticos y constitucionales para la lucha política se hubiera ahorrado el país muerte, tristeza, dolor y muchos daños materiales.

II
Durante diciembre de 2002 y enero de 2003, los canales privados de televisión y las estaciones de radio dejaron de transmitir cuñas publicitarias para dar paso al mayor bombardeo propagandístico de la historia de nuestra televisión. Prácticamente suspendida la programación regular de estos medios, el mayor porcentaje de tiempo televisivo se dedicó esos días a transmitir una batería de cuñas con llamados a sumarse al paro y a respaldar el golpe de estado petrolero con el que se pretendía derrocar a Chávez. Por supuesto, dicho golpe estaba encubierto detrás de una supuestamente cívica exigencia a realizar elecciones presidenciales adelantadas. Los textos de esas cuñas, en las que se interpelaba directamente al Presidente de la República, eran por el estilo:
“El pueblo tiene hambre / tiene hambre porque no hay comida / no hay comida porque no hay transporte / no hay trasporte porque no hay gasolina / no hay gasolina porque hay crisis petrolera / hay crisis porque used no escucha. // Permita que los venezolanos vivamos en armonía. // Contarnos es la salida”.
“Venezuela, no te dejes engañar. // Aquí hay un solo responsable de la militarización de Caracas / de la sistemática violación de los derechos humanos / de los crímenes de lesa humanidad / de financiar los círculos del terror creados a la sombra de su gobierno / de la apología al delito / de la confiscación de los poderes públicos / del irrespeto a las intituciones / del paro del país / de la división de Venezuela / del odio entre hermanos. // En este país, nuestro país, hay un solo responsable de tanto horror / de tanta tristeza / de tanta violencia. // Ni un paso atrás. ¡Fuera! ¡Chávez, vete ya!”.
La similitud entre la simpleza silogística de este párrafo y el discurso actual en contra de Maduro no es mera casualidad. En aquel entonces se ejecutó el sabotaje petrolero que generó las condiciones “reales” para que semejantes afirmaciones tuvieran algún soporte en la vida diaria del país. Hoy, después de varios años de caída de los precios del petróleo, boicot a nuestra economía, ataque a nuestra moneda, bloqueo financiero, y con el país convertido en un enorme laboratorio de intervención psicológica masiva y sometido el Estado a un inédito asedio político internancional, es decir, construidas las condiciones para que afirmaciones similares puedan tener piso de realidad en la cotidianidad, hoy el discurso es sorprendentemente parecido.
“Señor Presidente, usted que se ha medido en cinco elecciones en dos años, ¿cuál es el miedo a medirse nuevamente? Usted es el responsable de la escasez de gasolina, del desabastecimiento de alimentos. Usted es el único responsable. Usted es el único que puede resolver esta situación. Señor Presidente, ¡Elecciones ya!”, decía una de las cuñas televisivas y radiales.
¿Cinco victorias electorales en dos años no era suficiente? No. Había que aceptar el chantaje de hacer elecciones presidenciales antes de que se hubiera cumplido ni siquiera el período legal para activar el referendum revocatorio. Y había que obedecer ese “democrático clamor por elecciones” o soportar un par de meses sin petróleo y sin gasolina, con todas las consecuencias que eso tuvo en la vida nacional y arrastrar hasta varios años después con el peso de enormes pérdidas económicas.
Por esos días llegaron, en su afán democrático y de fervorosa defensa de la constitucionalidad, a pretender sustituir un poder del Estado por una ONG, y nada más y nada menos que el Poder Electoral, es decir, el encargado de garantizar uno de los derechos políticos fundamentales del orden republicano. Según su profunda fibra democrática, SÚMATE y no el CNE debía recoger firmas, validarlas, activar y ejecutar el referéndum revocatorio contra Chávez.

III
Derrotado el paro petrolero, un año después, la oposición apelaba nuevamente a la llamada desobediencia civil, invocando el artículo 350 de la CRBV, e iniciaba un nuevo ciclo de violencia. Fue el inicio de las llamadas guarimbas como nuevo método ante la merma innegable de su base de apoyo social y la imposibilidad de convocar grandes manifestaciones como las de 2002.
Un micro audiovisual súper sensacionalista de Globovisión muestra, primero, a Eduardo Lapi en rueda de prensa diciendo a nombre del país: “No nos lo calamos más, y por eso nos hemos declarado en rebeldía total de acuerdo al artículo 350 de la Constitución”, luego, a Henrique Capriles Radonsky, también ante los micrófonos, interpelando directamente a Chávez: “Aténgase a las acciones de calle que van a tomar las comunidades”, y finalmente, continuaba una voz en off femenina: “Tranca tu barrio, tranca tu calle, tranca tu urbanización, tranca Caracas”. ¿Algún parecido con los trancazos y plantones a los que casi a diario convocan por estos días de 2017?
Aquella arremetida insurreccional fue resistida por el pueblo venezolano y el comandante Chávez hasta llevar a esta oposición violenta y antedemocrática al redil electoral definido por la constitución, es decir, hasta obligarlos a aceptar que la opción para dirimir el conflicto político era el referéndum revocatorio, y que esa opción tenía plazos constitucionalmente definidos cuya realización correspondía asumir al Poder Electoral, y no a una ONG que cierta señora de alta sociedad se había sacado de debajo de la manga con los dólares de la NED y de USAID.
La victoria en esa nueva batalla electoral fue contundente para la Revolución Bolivariana y, sin embargo, tampoco fue reconocida por la oposición. Todavía hoy se espera la presentación de las pruebas contundentes que dijeron tener, SÚMATE de por medio, del supuesto fraude monumental con el que Chávez había impuesto nuevamente su voluntad en contra de la mayoría del país.

IV
En 2013, a solo 7 meses de la última victoria electoral del comandante Chávez, en la que sacó más de un millón de votos a su más cercano contendor, y apenas un mes después del fallecimiento del líder bolivariano, ante el ceñido resultado electoral con el que Nicolás Maduro derrotó a Capriles Radonsky, la oposición en pleno no sólo desconoció tal resultado y desató una ola de violencia que dejó el lemanteble saldo de 11 personas fallecidas, sino que ejecutó una enorme campaña mediática y política nacional e internacional para desletigimar las instituciones democráticas venezolanas.
Esa campaña sentó en la subjetividad de millones de personas una falsedad: Nicolás Maduro es un presidente ilegítimo, resultado de un fraude electoral contra el cual toda acción, pacífica o violenta, es válida.

V
A principios de 2014, apenas un mes después de celebradas unas elecciones municipales en las cuales el chavismo obtuvo una victoria del todo contundente: 256 alcaldías fueron para las fuerzas bolivarianas y apenas 76 para la oposición, con una diferencia total de casi un millón de votos, la oposición venezolana desplegó en el país la campaña insurreccional llamada La Salida, encabezada esta vez por Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado. Con ello se obtuvo una de las más claras demostraciones de que el tema electoral y las vías democráticas no son necesariamente sus predilectas.
En el lanzamiento de esta campaña, el 23 de enero de 2014 decía Leopoldo López en rueda de prensa: “No estamos para esperar seis años a que se dé un cambio en Venezuela. Todo el pueblo venezolano se tiene que alzar. Que lo sepa Nicolás Maduro: vamos a sacarlo de Miraflores”.
“Hay algunos que dicen que debemos esperar. Esperar a unas elecciones en unos cuantos años”, decía María Corina Machado en el acto político del 2 de febrero de 2014, para continuar expresando que “la salida” debía ser inmediata.
Las gráficas, volantes, afiches, pancartas y pintas callejeras de esta campaña decían, como para que no hubiera lugar a dudas: “La Salida. Cambio ya. La calle vence”.
¿Procedimientos constitucionales? ¿procesos electorales? ¿lapsos y períodos legales? Nada de eso. Calle y calle y calle, más nada.

VI
Hoy estamos ante un escenario similar a cualquiera de los mencionados hasta aquí, con algunos ingredientes nuevos: el gobierno tiene años retrocediendo, perdiendo terreno; el asedio internacional al país y el apoyo externo a la oposición alcanzan su nivel más alto; la violencia, trabajada y construida por la opisición, luego de alcanzar los niveles más altos de los últimos años, no logra sin embargo el objetivo de incorporar a la agenda insurreccional a las clases populares; la popularidad del gobierno es la más baja en toda su historia; distintas voces del chavismo vienen analizando el repliegue, la desmovilizaicón y la despolitización de su base social como la mayor de las amenazas que se cierne sobre el proceso revolucionario.
El cerco, sin duda, es más estrecho. Pero el grueso sigue siendo el mismo: la consabida combinación entre fachada de discurso democrático y chantaje por la vía violenta. Y el ya traidicional “lo quiero todo y lo quiero ya”.
Éste es el contexto en el que el Presidente de la República lanza la propuesta al país de una nueva Asamblea Nacional Constituyente y la oposición no atina sino a rechazarla. Está claro que no estaba en sus cálculos, que no la esperaban. Y está claro que la propuesta fractura la agenda en la que la oposición se había enfrascado definitivamente: la agenda de la salida del gobierno bolivariano por la vía del derrocamiento.
Ante la certeza de que escenarios como éste estarían con frecuencia abiertos, el comandante Chávez siempre planteó la necesidad de que las victorias electorales fueran con amplio margen de ventaja, justamente para tener mayor contundencia para anular la permanente deslegitimación de las instituciones democráticas del país. Pero además, por un asunto básico: adelantar un proceso revolucionario como el emprendido con su liderazgo requiere de una importante mayoría nacional que lo respalde y defienda, y requiere de amplios, serios y profundos consensos en la sociedad acerca de la naturaleza, objetivos y métodos de ese proceso transformador.
He ahí la clave con la cual los sectores revolucionarios del país debemos analizar la actual coyuntura política. La pregunta central es cómo reconstruir la cohesionada mayoría nacional que respaldó, se movilizó, participó, enriqueció, construyó y defendió todos estos años la Revolución Bolivariana del asedio permanente que el imperialismo y la oligarquía nacional han mantenido (y seguirán manteniendo) en su contra.
Es la defensa de la República Bolivariana y su continuidad lo que sigue estando en juego. Sólo una sólida mayoría nacional podrá reconstruir la fuerza que permita superar el actual asedio y garantizar la permanencia y profundización del proyecto de refundación nacional, democrático, anticapitalista y antiimperialista que se inició en Venezuela con la Asamblea Constituyente de 1999.
La convocatoria a un nuevo proceso constituyente abre una “ventana táctica” por la cual dar paso a la posibilidad de concretar ese objetivo estratégico, pero su consecución dependerá en buena medida del carácter genuinamente democrático, auténticamente amplio y realmente participativo y protagónico con que se ponga en marcha y se ejecute el llamado hecho por el presidente Maduro a la realización de la Asamblea Nacional Constituyente. Toca hacer lo posible porque así sea.

Eduardo Viloria Daboín

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